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​Las historias que compartimos

¿Recuerdas ese momento en que te sentiste totalmente plena… realizada… exitosa… linda o simplemente feliz? …esos momentos donde hay alegría y sonrisas en tu hogar, planes y sueños que cumplir con tu pareja, juegos que compartir con tus hijas y sientes que todo marcha bien.

                                                                                                                                                                                             Esa era yo. Y un buen día a mis 43 años en un chequeo de rutina la vida me da un giro de 360. Sentada en un consultorio de Oncología tomada de la mano de mi esposo se confirma el diagnóstico: Cáncer de mama (el máximo nivel, caso grave; se dijo).

 ¨Doctor, ¡no!... yo hago mucho ejercicio, soy muy positiva, amo a mi esposo y a mis hermosas hijas; tengo un buen trabajo, tengo a mi familia que siempre me apoya, tengo todo… y ¿tengo cáncer?¨.

Sólo va a perder un año de su vida; me dijo. Y así empezamos… cirugía, quimioterapia, radioterapia, rehabilitación, consultas, chequeos y todo lo demás.

Aquel fue el día número uno de mis pérdidas… volteo hacia atrás y lo que veo es una flor desprendiéndosele uno a uno los pétalos que la visten y le dan color.

A partir de ahí:

Perdí el sueño reparador… en su lugar llegó la angustia, la incertidumbre, el miedo.

Perdí la ilusión… llegó la apatía, la negación, la amargura.

Perdí una parte de mi cuerpo… y lloré.

Perdí mi cabello… y me escondí detrás de un adorno, de un color, de un tejido.

Perdí la movilidad… y solo encontraba dolor.

Perdí la confianza en mí… y ni yo lo sabía.

Perdí mi seguridad, mi ligereza, mi paz, mi sentido del humor…

Perdí la salud… y no sabía qué hacer para recuperarla.

Pero ¿saben qué?... no perdí la FÉ y eso me bastó para seguir.

 

 No es un camino fácil pero afortunadamente nunca he estado sola. Mi esposo: mi compañero, mis hijas: mi fortaleza, mis hermanos: mis pilares, mis padres: amorosos siempre conmigo. Amigos queridísimos: siempre cerca, a mi cuidado… otros distantes, ajenos. A esas personas también los pierdes y te sigue doliendo.

Los días siguen, los meses pasan y así entre tantas pérdidas ¡me encontré!.

Los momentos de descanso se convirtieron en tardes de lectura enriquecedora, las mañanas de running en sesiones de yoga, las tardes de café eran ahora Reiki, Mindfulness  y Oraciones. Cuando más medicamentos entraban a mi cuerpo para aminorar el dolor, más profunda era mi búsqueda de sentido para mi nueva vida. Una vida que comencé a valorar como nunca antes lo había hecho.

En cada nuevo día encontré un milagro maravilloso, en cada persona, un alma buena dispuesta a ayudar, en cada amigo cercano un consuelo, en cada mujer que conocí que al igual que yo supera esta difícil prueba, encontré valentía y fortaleza… y así, conforme pasan los días encuentro también en mí, nuevas emociones y decisiones que antes no reconocía: valentía, paciencia, gratitud, determinación.

Determinación que me ayuda a superar mis días grises y me da la fuerza para enfrentar nuevos retos, para no quedarme estática y rebasada por el miedo; hoy por hoy deseo seguir avanzando, aprendiendo, haciendo planes, amando, disfrutando a mis hijas, orando. Porque esta piedrita que llevo en mi zapato no la puedo sacudir y sé que continuará conmigo en el camino; pero ahora es un camino que recorro con gratitud, Fé y Esperanza y donde sé que seguiré encontrando amor, alegrías, amigos, sueños cumplidos y sobre todo ¡vida!

 

Cuando la vida es dulce, ¡da gracias y sonríe!

Cuando la vida es amarga, ¡da gracias y crece!.

 

Con amor, Beti. 

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